INMA ROSILLO-DAOIZ

 

por qué pinto

 

 

 


Pinto porque pintar me produce un estado de encantamiento. Trato de volar, de soñar, de flotar…. porque así pierdo mi conciencia individual, y consigo ser, simplemente, el ser que pinta… hasta convertirme en lo que pinto, en lo que también escribo. Hay en todo ello como un proceso de catarsis, me sumerjo en las aguas profundas de un océano abismal, misterioso, que se despliega ante mí como un nenúfar abre sus pétalos por la noche…y así creo que tengo alas, y mis alas son los pétalos del nenúfar. Todo esto me produce estados alternantes de júbilo y dolor…pero una savia de vida me ilumina y me conecta con el Todo, y aunque nadie mire mi pintura, pinto, y sigo pintando.

Pinto, y escribo, para tener un dialogo conmigo misma, para hablar de mí misma, como hizo Virginia Woolf con su prosa de ficción. Pinto como respuesta a una necesidad vital, como expresión vital, para conectar con mi yo místico, con una realidad poética que vislumbro, solo vislumbro; y ese cauce, ese puente mágico para transportarme, son las imágenes, plásticas o hechas de palabras.

Todo esto presupone la percepción y la visión de que: “el fundamento de la realidad es la poesía”. Es de lo invisible de donde proviene lo visible…Es así que “La poesía” es la última verdad de la magia del universo, y del milagro de la vida… (de hecho La palabra “poesía” viene de la palabra griega “poiessis” que significa “construcción en el sentido de creación) . Ante esto yo sólo puedo inclinarme, sólo puedo ser un vehículo de transmisión. El arte, la poesía y la pintura, se convierten así para mí en una especie de sacerdocio, un viaducto, un viacrucis sagrado para conectar con el alma inmortal del mundo.

Trato, a veces de una forma inconsciente, frenética y volcánica, de “resucitar la Belleza”… Me imagino que por eso coloco tantas cosas, tantos vidrios rotos, abalorios, encajes, conchas… que guardo y atesoro con fascinación, y de los que por una misteriosa razón no soy capaz de desprenderme…. Y me entristece, como el canto del cisne, al amanecer antes que la luna desaparezca.

Pero la luna, la inspiración , la musa reaparece… y puedo ver, puedo contemplar la magia, la alquimia que produce; y puedo ver como de ese mundo diluido y roto , de esas cosas disgregadas que no significan nada, puede surgir la Belleza. Y entonces ya no me siento rota: me siento revivida, realzada, ingrávida…

Cuando pinto tengo la sensación de dejar de pertenecerme, de sólo pertenecer al cuadro que pinto, o al poema que escribo. Es como si dejara de existir, o sólo existiera en la medida que pinto… Entonces, todo deja de ser denso. Sólo soy una parte espiritual del mundo, sólo una partícula espiritual que está inserta en el Todo. Y todo adquiere una sutil ingravidez de permanencia mística…

No pienso nunca en la mirada del otro, o en el lector de mis poemas, ni siquiera en vender mis cuadros. El poema es valioso en sí mismo, como la pintura es valiosa en sí misma. Y siento la pintura como un poema. Y veo y valoro la experiencia mística y religiosa que hay en todo ello… Y siento el proceso creativo como un acto de amor, un acto de conexión con la Belleza del mundo. Belleza, Creación y Música son todas sinónimos de la misma pulsación y aspiración. Forman parte de un “yo” mucho más extenso e inmortal.

Es como sumergirse en el oleaje del mar con sus ritmos y sus cadencias, y experimentar la música desde su centro, experimentar que siendo solo una gota de agua puedes ser el océano: eres el océano.

Inma Rosillo-Daoiz